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sábado, 16 de febrero de 2013

"SEMANA BLANCA, DINERO NEGRO"


En la costa pacífica de Canadá existe una de las tres ciudades que en dos mil dos fueron consideradas como las mejores en calidad de vida de todo el planeta y también, todo hay que decirlo, una de la más caras, solo superada por Toronto en una lista de ciento cuarenta y cuatro ciudades del mundo y que en dos mil diez tuvo el honor de celebrar los juegos olímpicos y Paralímpicos de invierno.

No se si ya lo habías adivinado pero me estoy refiriendo, como no podía ser de otra manera a  Vancouver.

No tengo la suerte de conocer aquellos parajes del norte del enorme continente americano pero entiendo, no es difícil hacerlo, que debe ser una maravilla desconectar de la rutina actual de tu entorno y ciudad para renacer al otro lado del mundo.
Si a esto añadimos una afición desmesurada por el noble arte del esquí, estaremos hablando, palabras mayores, de la mayor expresión orgásmica de la disociación, por utilizar un término más o menos científico, más absoluta.

Encima, en lo alto de aquella montaña donde el cielo esta más cerca que nunca de tu espíritu aventurero con tintes recreativos, digo yo, que uno se olvida completamente de sus orígenes mientras se desliza por encima de la capa blanca de la pista de turno para “volar” en el suelo de la liberación.

Por desgracia desconozco esa sensación.

Aquí, a miles de kilómetros de la felicidad, el cielo sigue estando lo suficientemente lejos como para aspirar a cualquier clase de liberación burocrática que se presente dentro de los enclaves más grises de un asfalto que, probablemente en nada, se asemeje a esa agua helada que se desprende de las nubes en forma de cristales sumamente pequeños, los cuales, agrupándose al caer, llegan al suelo transformándose en copos blancos dibujando el hermoso paisaje de las zonas vírgenes que todavía quedan en la naturaleza.

Es lo que tiene pertenecer a un mundo lleno de contrastes.

Aquí discutimos sobre las formas y los modos en la que los despidos improcedentes se suelen saldar con la pérdida o ganancia de un finiquito que, teóricamente, se debería negociar con el patrón de turno para, en ocasiones, saldar las deudas de la responsabilidad del ejercicio laboral realizado sin pensar, ni siquiera un momento, en la satisfacción del deber bien hecho.
Y es que si por algo nos caracterizamos es por la canallesca cultural de un país demasiado entregado a la picaresca más absoluta desde siglos inmemoriales.

Es cierto que vivimos demasiado alejados de cualquier paraíso que se precie como para pararnos a pensar en él siendo, en ocasiones, victimas directas de la búsqueda de un nirvana limítrofe a nuestras expectativas vecinales.

Supongo que desde allí, desde lo alto, las cosas se ven con una sutil diferencia.

Allí los pagos se deben ver como indemnizaciones por despido al conocer las retribuciones puntuales a la seguridad social hasta hace dos meses de un “trabajador” (supongo que se le puede llamar así)  que había renunciado al puesto dos años antes.

Vamos, o así nos lo quieren vender.

Un tipo como yo, que aunque reconozco que he disfrutado de los pecados carnales de las letradas más preparadas de un país en recesión, tiene más bien poca idea de legislación laboral en casos como este al no entender, y lo voy a explicar como si tuviera nueve años, que la indemnización se pacta si el despido es improcedente.

Osease, ¿por qué cobra (me da igual que sea de un solo pago o fraccionariamente) la compensación de turno un tipo (teóricamente) despedido por su imputación en un caso de corrupción? 
¿Puede ser que no fuera despedido?
Y si es así ¿por qué no lo fue?
Me lo expliquen.

Si a esto añadimos en plena vorágine social de desesperanza y frustración por las dificultades económicas de la prima de un riesgo que ya no es moderado, que se le descubren vía sumarial distintas cuentas millonarias en países extranjeros donde el interés será de un tipo más bien egoísta, qué confianza nos pueden quedar en un sistema en el que en la persona que esta siendo cuestionada era uno de sus máximos exponentes.

Supongo que una explicación medianamente convincente para un populacho cansado ya de ver entre sus narices como le escupen a la cara sería suficiente, tiene cojones que encima se permitan exigir prudencia, moderación y sacrificio en lo más crudo de un invierno con poca nieve

Pues ni eso.
Se dedican a ocultar un salario disfrazándolo de finiquito.

La política de negar las evidencias utilizando términos más o menos desafortunados para cambiar el prisma de color, ( a ver si se dan cuenta), ya no produce el efecto deseado en una ciudadanía cansada de esperar milagros y harta de las confusiones dialécticas del vocabulario estatal de unos gobernantes realmente detestables.

Mientras unos se aprovechan de los parajes más sofisticados del negocio invernal en lugares poco comunes y transitados para los mortales, otros, se quitan la vida ante las órdenes de un desahucio anunciado.

Y ESTO ES MUY FUERTE SEÑORES.

Como es posible que el tesorero político más mediático de una democracia que cada vez es más mentira se evada, personal y espiritualmente de la probablemente peor crisis de gobierno (a niveles económicos) de un país sumergido en la miseria más absoluta, a un destino lejano y paradisiaco dejando vendidos, entre otros, a los propios miembros de lo que al menos, era su partido.

Y por qué, me pregunto yo, un imputado multimillonario tiene total inmunidad para salir a su antojo de un territorio nacional con su legislación vigente.

Supongo que debo visitar alguna vez antes de morirme Vancouver para entenderlo.

martes, 12 de febrero de 2013

"NOTAS OBSCENAS DE UN CARNAVAL CUALQUIERA"


La borrasca invade todo el territorio nacional sin la piedad moderada de la primavera que se avecina pero que todavía se ve lejana en el horizonte cáustico de la presión atmosférica de los tiempos que corren.

El frío se va calando en el cuerpo interrumpiendo que el carnaval luzca en todo su esplendor anunciando que después de la ceniza volverá a llegar la temida cuaresma en la que estamos depositando las esperanzas frágiles de la confianza a unos estamentos, con cientos de estatutos, que nunca seremos capaces de descifrar.

La lujuria ha dado paso al comedimiento de los embargos de bienes que alteran cualquier posible serenidad trabajada en busca de un desasosiego infinito en el almanaque de la resurrección.

Las televisiones anuncian productos capilares clínicamente probados a los miles de espectadores que, mando a distancia en la mano, intentan cambiar de canal para no comerse el reclamo de turno de la campaña de turno de la compañía de turno que, como siempre, divulgará esperanzas alopécicas al noble pueblo que poco a poco va perdiendo su hermosa cabellera.

Los encuentros decisivos de las distintas competiciones futbolísticas en las que estamos envueltos, volverán, como las oscuras golondrinas, a desplazar la comunicación real e importante de los asuntos que más o menos nos pueden afectar de una manera directa para, como la heroína, desplazarnos a sensaciones colectivas de una euforia irreal en virtud del resultado acontecido en el partido de turno.

Los abogados seguirán encerrados inmersos en demasiado papeleo como para administrar ninguna clase de justicia con el beneplácito de unos legisladores que elevan las tasas a niveles no aptos para la ecuanimidad de posibles sentencias arbitrarias en el abismo de un arbitraje, como mínimo, sospechoso.

Las amas de casa buscaran trabajo para cooperar en la difícil tesis de cualquier economía domestica que levantar sin, por supuesto, abandonar sus obligaciones conyugales de comprensión a maridos desempleados.

Los mancebos explorarán, sin resultados, las distintas vertientes laborales con las que enfrentarse en un futuro no demasiado lejano para la, ansiada, vida moderna cargada de independencia con la que soñaron la primera vez que tuvieron una novia que les abandono por cualquiera.

Las mancebas estudiaran en silencio para, al menos, confiarse a su propio destino escapando del terror atroz de la dependencia de cualquier posible enemigo más o menos cercano y que aún está por descubrirse.

Los autónomos se cagaran en lo más sagrado.

Los chigreros notaran las bajas de la batalla que acontece en directo justo delante de la puerta de un local que cada vez se ve más grande por semana y en el que la música vale dinero.

Los médicos y demás personal sanitario ansiaran los tiempos pasados y buscaran en lo público todo aquello que se les negó en lo privado para, creo yo, mantener los salvoconductos de la estabilidad emocional de aquél que, con razón, entiende la sanidad siempre como algo beneficioso para una sociedad que demasiadas veces piensa en las pérdidas.

Los mineros harán cruces y renegaran de Dios, quien diría les pillara por sorpresa la tragedia repetida.  

Los artistas sufrirán la pesada losa del aumento de los impuestos en las entradas, la bajada abismal de las subvenciones y la desesperación propia de la insatisfacción vital de aquel que se siente desplazado por los acontecimientos que rodean el “karma” infantil del optimismo moderado de la creación.

Las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado se mantendrán, después de lavarse las manos, en alerta ante posibles revoluciones de las que probablemente formen más parte de lo creen.

Los inmigrantes despertaran del sueño aquel que tuvieron un verano a las orillas del mar al descubrir que la emigración se pone de moda incluso para los autóctonos.

Los políticos seguirán agarrándose al palo ardiendo de la inmunidad parlamentaria sin entender que algún día se van a quemar.

Los bomberos estarán atentos.

Los elefantes temerán a los monarcas de más de cincuenta años mientras los yernos “reales”, tipos altos que fueron olímpicos, evitaran su presencia en actos públicos para, como decirlo, no molestar.

Las reinas, gracias a Dios, seguirán alegrando mis jornadas entusiastas de botellín y tapa en el bar aquel de cuyo nombre no puedo acordarme.

Los psiquiatras se harán de oro.
Los psicólogos serán argentinos enamorados de la clase técnica de un jugador nacido para deslumbrar a un mundo que no es portugués.

Los tesoreros declararan las cuentas pendientes en tribunales oscuros y lúgubres, los joyeros visitaran los países nórdicos y los banqueros te sacaran los ojos nuevamente luciendo teatralmente su sonrisa de “Profident” al domiciliar la nómina.

Corea del Norte hará pruebas nucleares, Corea del Sur lo denunciará.

Pero lo más duro queridos compañeros es afrontar con serenidad la renuncia de “El Santo padre” a sus obligaciones.
Supongo que las tesis arcaicas de un tipo vetusto afectado por demasiados frentes abiertos en el país más pequeño del mundo no influirán en el hecho constatado de que nadie es lo suficientemente importante como para cuestionar mi fe.

De todas maneras me llena de orgullo y satisfacción entender que hay gente en las alturas dispuesta a renunciar a sus funciones al entender que es lo mejor para la institución de turno políticamente hablando.

A ver si alguien más aprende. 

martes, 5 de febrero de 2013

"ESTAS NO SON LAS MAÑANITAS QUE CANTABA EL REY DAVID"


Los crápulas, gentes de bien que se esconden del mundo en la oscura madrugada, saben perfectamente que en la noche nada es lo que aparentemente parecía desde un principio.

Los nocturnos, gentes que sufren problemas de insomnio, saben que tienen un problema cuando se levantan de una cama en la que nunca pudieron conciliar el sueño y envidian sanamente a los crápulas al entender, como es lógico, que la elección de su desvelo es voluntaria y por tanto diferente para el planteamiento mental aquél que te aleja de la depresión.

Los primeros, individuos e individuas especializados en afrontar casos importantes de decadencia humana en esas horas de neón y garrafa, salen a la madrugada preparados para investirse doctores honoris causa del comportamiento social de una sociedad cada vez más individualista que, manda huevos, solo se atreve a cambiar de espíritu envuelta en el corsé del anonimato que te dan los bares clandestinos de última hora donde la imaginación, el vicio y el alcohol hacen de aquel colectivo una presa fácil para aquellas sombras de la noche que saben distinguir a los corazones que siguen sonando como aquel reloj envuelto en algodón y que les hacen fácilmente ser observados, confundidos y delatados por aquellos trasnochadores que se la saben todas.

Si lo pensamos un poco es lo suficientemente lógico como un documental de la dos a la hora de la siesta: 
-"en el ecosistema, hábitat es el ambiente que ocupa una población biológica en un espacio que reúne las condiciones adecuadas para que la especie pueda residir y reproducirse, perpetuando su presencia"-.

Y contra eso no se puede luchar.

Pero cuidado, hay grandes falsos profetas del “petit comité” que subsisten en pequeños centros de atención sintiéndose grandes sin capacidad, ni bemoles, para acceder a mundos más grandes y más complicados  fuera de la línea de tiza que marca su propio criterio y que delimita (y limita) su capacidad para el riesgo y reduce aquél territorio a la nada más absoluta al comparecer ante cualquier corazón intrépido que, por poco que sepa, ha sabido salir de casa.

Pero volvamos a la cuestión libertina de los calaveras y reconozcamos como propio y propicio el homenaje a mi querido Edgar Allan Poe al introducir en el texto aquello de “un corazón delator” al que descubren los malos como en esa película de Hollywood que te mantiene en tensión en el sofá de tu apacible casa.
Si alguien alguna vez supo hablar de la noche dentro de la novela gótica ese fue el genio de Baltimore que, con sus  cuentos de terror, describió perfectamente la magia de esas horas intempestivas en las que lo real, muchas veces, se mezclaba con el enigma que la oscuridad y las sombras producen en el cerebelo imaginativo de cualquier mortal con inquietudes y al que no todo el mundo se atreve a asomarse.

Y es que, chicos, hay ventanas que es mejor dejarlas cerradas.

No descartó que los vampiros que nos dormimos, muchas madrugadas, cuando ya está a punto de salir el sol, podamos aparentar un karma de libertinos a  aquellos encerrados en los tópicos mortales de la rutina más despiadada, no lo sé. 
Quizás he de reconocer que hay tipos con opinión que no merecen ninguna clase de respeto por su falta de credibilidad al carecer de ninguna clase de experiencia vital en casi nada y que generalmente afirman la teoría de lujuria desde el desconocimiento propio de los castos que nunca cruzaron, salvo en pensamientos, el umbral del pecado.

Los asesores de la vida moderna son ese tipo de individuos que se creen las mentiras con las que han crecido y que han ido construyendo su personalidad a base de frustraciones, complejos y demasiada ira encerrada como para justificar, desde la salud propia de la tolerancia, cualquier identidad que se separé del camino marcado que les toca recorrer por una convicción que ya poco tiene de personal y demasiado de general como para entenderla.

Pero, escucha, no soy yo el que los va a juzgar.

La misma personalidad de las miles de almas que entre semana se disfrazan de profesionales de cualquier especialidad entra, de repente, en un trance especial al llegar o acercarse el fin de semana para, ¿como definirlo?, ¿liberarse?.

Y es entonces cuando los cambios suelen ser más radicales en las formas y en los modos de ese colectivo enclavado en sus frustraciones que, a veces, extralimita cuerpo y mente por unos segundos con la única intención de saborear la emancipación aquella que una vez soñaron.

Al despertar descubrieron que los planetas más o menos alejados de lo que su percepción pudiera imaginar y qué, muy importante, no siempre tiene que ser positivo para la salud mental de aquel que con criterio, se queda sin él, también tenían vida propia.

Entenderéis por tanto mi reacción ante ella.
Entenderéis aquel homicidio.





Fragmento de “El corazón delator” de Poe:

 Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte!
-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí!                     ¡Donde está latiendo su horrible corazón!

miércoles, 30 de enero de 2013

"COSAS DE CASA"


Nos vemos en el infierno dijo aquel héroe cinematográfico en una película que probablemente ni recuerde pero de la que, algo en mi subconsciente me dice que la disfruté, hoy, por ejemplo, he recordado la frase con la que quiero titular esta nueva retahíla de ideas con las que me quiero enfrentar esta semana.

La semana empieza de una manera desafortunada al abandonar mi compañía el pequeño calentador de agua caliente que transforma las duchas en intensos momentos de reflexión dentro de aquella mampara empañada que, como en Superman dos, te aísla de las malas energías de el clima exterior en lo más crudo del crudo invierno.
El ensayo general con agua caliente en una cacerola calentada con gas, todo hay que decirlo, fue una ruina que me hizo conocer el dolor y el frío.

Lógicamente, el consejo de sabios reunidos en lo que me queda de neuronas, decidió apostar por llamar al técnico que, como el señor Lobo en aquella película de Tarantino, se acercaría a mi casa para resolver problemas a un módico precio de, me cago en la puta, ochenta y seis pavos por los quince minutos que estuvo sobando el aparato en ese rinconcito de mi cocina que utilizo para dejar las bolsas de plástico y en el que, probablemente por educación, les deje entenderse con toda la intimidad del mundo.

Ahora, con el paso de los días, he de reconocer que la caldera de los cojones todavía no me ha dado ningún problema.

Después de niquelar la casa escondido tras unos guantes de plástico y una fregona que se quiso despegar de su firme palo de alambre que a su vez se quiso despegar de mí, descubrí que la lógica obligaba a sustituir el instrumental defectuoso por uno nuevo que consiguiera finalizar la labor empezada cuatro horas antes por pura casualidad y que me exigía bajar a la calle, concretamente al supermercado abierto justo enfrente de mi portal, para reponer el material deficiente.
Es después, después de bajar y subir, después de finalizar los suelos y acabar con la limpieza, después de las dos, cuando recuerdo la llamada seca y trágica del pintor del seguro que estaba en los umbrales de mi portal para interrumpir esa paz, quizás sabéis de lo que hablo, que solo tienes después de haber estado jodido que no jodiendo.
Que también.
Pues eso, que después de la limpieza vino la reconstrucción de un desastre anunciado horas antes en el teléfono fijo (que ahora se moriría asfixiado debajo de una lona de plástico que impedía que color ensuciara su rostro) donde el empleado había dejado aquel mensaje taxativo para los aprendices de las labores caseras y del que yo no recordaba el recado.

Ósea, tres minutos después de dejarlo todo limpio lo tenía todo lleno de mierda.

Y con esto, eximo de toda responsabilidad al profesional de la pintura contratado por la aseguradora tal y del que solo puedo constatar su competencia en estas lides.

Dos días después, tiempo necesario para olvidar los pequeños desencuentros que con el destino sueles mantener en ese tira afloja pero del que ahora no quiero hablar, descubro con insatisfacción el desprendimiento voluntario de la puerta izquierda de mi armario en las baldosas del suelo (frío, muy frío) de mi habitación para, destornillador en mano, atornillar de nuevo el futuro.

La puerta, supongo que por algún mecanismo de la ciencia como, digo yo, la ley esta de la gravedad, sigue inclinada hacia el sur en la pared del pasillo dando juego a una estancia siempre, quizás, algo olvidada por los inquilinos ya que solo la utilizábamos para salir o entrar, y en donde ahora alberga dudas al entender, creo yo, el hecho de la existencia de una habitación más en la republica independiente de una casa que, si lo miras un poco, no da para mucho más y que por tanto no tardaras en reparar que la puerta es solo una puerta y, tío, no tardaras en reparar gracias a la imposibilidad de reparar la mía.

(Joder, me acabo de releer y me doy cuenta de que me estoy abriendo demasiado a un público que, a lo mejor, no disfruta sabiendo mis interioridades)

Bueno, que el caso es que el nos vemos en el infierno es a veces una frase que la tienes, sin saberlo, metida en casa.

Y cada casa es sagrada, personal e intransferible.

Así que al final, me voy a sincerar, cambiaré el título inicial con el que había pensado titular este “post” dejandolo para otra historia diferente y resumire con el título que vais a leer en primer lugar toda la intrahistoria que esconden estas palabras enrevesadas y que tambien fué el título de un serie americana de mucho éxito en los años noventa.

miércoles, 23 de enero de 2013

" SIETE CRISANTEMOS"


Es posible que la cuesta aquella que me llevaba directamente a tus pies en aquellos días de rebajas que disfrutabas, como siempre, en soledad, fuera demasiada empinada para un ciclista de llano acostumbrado a disfrutar de la velocidad de ver correr el tiempo delante de mí.

Y es normal.

Es absolutamente viable poder o querer entender qué es más importante el nivel qué el desnivel, porcentaje invisible que cataloga la dificultad de cualquier ascenso frustrado a una llegada imaginaria en la vuelta por etapas de la ronda europea de la ilusión por llegar a final de mes en esos periodos de invierno donde el solsticio transita lentamente hasta el equinoccio de un primavera ansiada y lejana a partes iguales donde de nuevo, la luz, se volverá protagonista del largo caminar de cualquier individuo anónimo por el filo de la navaja de aquello conocido popularmente como crisis, intentando, es de ley mencionarlo, dejar atrás los duros meses de manta y brasero en los que salir de casa “costaba” demasiado para las economías que, como siempre, se malcriaban en constante evolución negativa en las cartillas verdes de los bancos negros.

Y es que después de las fiestas, como después de los excesos, aparece el bajón que se instala en la azotea de la ambigüedad mental que confunde felicidad con depresión en esas horas en que los bares apunto están de cerrar mientras tú apuras el último cigarro en esa noche que se presenta en luces de neón como demasiado larga para resistirla sin dormir y sin tabaco que poder aspirar en el salón medio iluminado de tu pisito de alquiler, lugar con sombras donde te planteas el devenir de las cosas que todavía no han ocurrido.

Y el año se presentaba demasiado cargado de información que enviar a la papelera de un escritorio con flexo amarillo y botella de whisky escocés en el que esconder los pecados de una juventud interrumpida en el año de gracia en el que todavía, el romanticismo, hacía que los miembros de la orden de la hipocresía inflaran de testimonios los muros ausentes de confianza de una redes sociales que echaban humo demostrándose, demostrándonos, que en los artículos que exhibían como normas clásicas de un catecismo social y loable en el noble arte de la protesta, solo brillaba la publicidad personal de un ego necesitado de compartir las convicciones personales y privadas en, manda cojones, los medios públicos púdicos de un exceso de información que no suele sobrepasar la frontera de Internet.

Pero no nos alejemos de tu casa de muñecas donde conseguí mis siete tours sin doparme.

No nos alejemos de la cima de aquel valle enclavado en lo más abrupto de la geografía estatal con la que me encuentro cada vez que pienso en ti.

Dejemos que las rebajas se acaben y todo vuelva a ser como al principio de aquel camino llano por el que disputamos el liderato de una clasificación general demasiado influenciada por las etapas de montaña que cada noche nos tocaban subir con la catalina grande y el piñón pequeño.

Eso sí, debo de reconocer que aquel esfuerzo siempre mereció la pena.

Después se acabó la temporada y los días de gloria para, de nuevo, volver a pasar al más ingrato de los olvidos en el camino de tus “circunstancias”, cúmulo de datos alternantes encerrados en los botes que utilizabas para las transfusiones y que nunca llegué a utilizar.

Llámame cobarde.

Sabes de sobra que lo mío es la medicina tradicional de productos naturales que una vez consumí bajo la influencia mística de la bendita música jamaicana que acompañaba aquella puesta de sol en la playa norteña donde nos conocimos después de haber competido en aquella carrera urbana que, como no, ganaste.

Eran los años de los sobres envueltos en bolsas de plástico negras que, en negro, motivaban la aptitud deportista de aquellos jóvenes desamparados en las pagas semanales paternas filiales que ayudaban a descubrir la individualidad en los reservados oscuros de la discoteca de moda de un fin de semana cualquiera.

Los sobres y el diploma, por supuesto.

Y es que de aquella no existían las comisiones políticas en los espacios reservados al deporte aquel que se basaba en la máxima de mente sana y cuerpo sano y se olvidaba de la competición pura y dura que después, en un afán increíblemente exagerado por ser mejor que los demás, nos inculcaron como cultura para demostrar, probablemente, lo que no podíamos demostrar.

Y fue entonces cuando la magia dejó paso al orgullo.

Y fue entonces cuando los mitos dejaron de existir.

viernes, 14 de diciembre de 2012

"VIEJAS GLORIAS"


En las estancias de una habitación amarilla y fría en esa época del año en curso en que la mentira y la verdad cohabitan en lúgubres recodos reservados para el amor fugaz, la realidad vuelve de nuevo a rehabilitar los corazones destemplados de aquellos que reservan en los reservados aquello de, como decía el primo Rosendo, maneras de vivir.

Gentes que hacen más por intentar presentarse millones de veces en sociedad como aquello que no son qué por, de vez en cuando, intentar existir demostrándose a sí mismos que aquella cima que jamás conseguirán coronar, nunca existió.

Supongo que la falta o ausencia de cualquier entorno cercano que se ha ido diluyendo en pequeñas muestras gratuitas de perfume, no demuestra la verdadera inaptitud de aquel que sigue perdido en el universo impúdico del no saber argumentar nada de aquello que nunca practicó con el ejemplo.

Sombras desvanecidas en paredes de retretes escondidos en el patio interior de cualquier bloque de viviendas deshabitadas en las que, la intimidad de la frustración, hacia fácil lo difícil de aquello de saberse engañado.

Los excesos de los años mozos degeneraron en las virtudes del escéptico mortal condenado al fracaso, las virtudes se fueron perdiendo por un camino demasiado rodeado de maleza y las ilusiones, de repente, desaparecieron.

La soledad condenó a una sumisión aceptada, sin reproches, en el cuadernillo de la tranquilidad que ofrecen las comodidades del egoísmo que crea el personaje.

El personaje se caduca como aquel postre lácteo que se nos olvidó en el fondo de la nevera durante demasiados meses, como para percatarnos, de una presencia sombría debajo de toda aquella luz que aparecía justo en el mismo instante de abrirse la puerta del electrodoméstico de turno aparcado en la cocina.

La cocina dejó de funcionar.

Hoy malviven recordando sus viejas glorias en estancias adaptadas a una modernidad que intentar dibujar sin intuir, ni por un momento, el desconocimiento de una realidad que les viene de la noche y que va a ninguna parte en las salas amarillas llenas de cerveza que abunda en la fotografía de cualquier jungla abandonada allá por la tierra Media y en la que, importante recordar, fueron felices.

Y con ellos, sin remediarlo, se desmorona lo que construyeron.

En lo efímero de una existencia condicionada a las limitaciones económicas del nido de procedencia, la virtud se difumina en el deber eclesiastico de saberse superior en aquella creencia espiritual de la negación rotunda al yo establecido.
Osease, no es lo mismo ser de barrio que ser de zona residencial con jardín botánico.

Vivir entre demasiadas mentiras acaba descubriendo una triste realidad que resulta ser la mayor evidencia de la perdida de identidad adquirida en los espejos manchados de carmin de baños de señoras que también mentían.

Amarillo es el color de un post dedicado a los que alguna vez se sintieron verdes.


Los vereís por la calle caminando erguidos al lado vuestro con caminar pausado y gesto serio y no os dareís cuenta de que son ellos.

Abandonaron la nave en el mismo instante que descubrieron la cruel realidad de las navidades al conocer, en el salón, la verdadera identidad de los Reyes magos.

lunes, 3 de diciembre de 2012

"DESMONTANDO EL BELÉN"


Demasiadas nubes para distinguir cualquier posible estrella de Belén en el muro de las lamentaciones de cualquier asentamiento ilegal en la Palestina actual que vive escondida sufriendo en silencio a imagen y semejanza de una población civil que padece, como siempre, los latigazos dolorosos de cualquier conflicto bélico y emocional en cualquier lugar de un planeta que sigue girando alrededor del sol.
Civiles que también en Israel sufren los envites obscenos de una convivencia demasiado tosca como para perpetuarla en un infinito manchado de sangre que solo sirve para abrir la página internacional de los informativos occidentales sin, atisbar, solución aparente de dos territorios que deberían estar condenados a entenderse por el bien común de todas sus gentes.

Las sombras insurgentes que se reflejan con la luna en la oscura noche de un desierto gélido no pertenecen a unos magos venidos de un Oriente cercano sino más bien a la infraestructura europea de las organizaciones que sin ánimo de lucro realizan labores humanitarias en la deshumanización de los refugiados de un Sahara Occidental no autónomo y, por tanto, perdido en los papeles amarillos de las resoluciones y tratados de las demasiadas fronteras con las que lidiar en el camino de una autoridad administrativa que brilla por su ausencia.

El nacimiento de una esperanza depositada en los pequeños escollos cargados de moral que todavía quedan en las playas llenas de chapapote, anunciará, a bombo y platillo, la celebración más lúdica de cualquier clase de idea parecida a la redención, que en estas fechas señaladas, te las puedes llevar envuelta para regalo para sorprender a propios y extraños, que con ansía, cuentan los días para salir de cuentas.

El buey se quedó en la orilla mirando el horizonte de aquel cielo que se difuminaba con el río que dividía los dos estados que su arrendatario, un ebanista desempleado, iba a ir poco a poco dejando atrás en un viaje sin retorno hacia la quimera fronteriza de cualquier sueño posible de alcanzar.
La idea romántica era la que más le hacía latir el corazón, la práctica la cabeza.

La mula acabó en Barajas en pasillos demasiado iluminados como para esconder la dignidad que la necesidad se había ocupado de ocultar.

El portal, por tanto, se quedó desierto en aquel bloque de viviendas deshabitado y lúgubre en el medio de una explanada a la que nunca llegó el agua potable en aquel proyecto social que se desplazó demasiado al lado de la utopía de cualquier arquitecto soñador que se fue del lugar de los hechos con el dinero de los acreedores que alternaban bares de alterne en los días de vino y rosas.

Y es que el desahucio sorprendió a María en la cola de aquella oficina de empleo.

La estrella que nos debería de guiar posiblemente se confunda con las luces de neón que iluminan y calientan las calles de cualquier ciudad que celebra su particular alumbramiento dibujando colores en las calles oscuras de un invierno que recorta los días a semejanza de los tiempos que nos toca sufrir en la puerta del sol como el año que fue….


Herodes, por cierto, no estaba en la ciudad, apuraba los días de descanso antes de volver al “tajo” en un balneario por la zona de Portugal.