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jueves, 7 de marzo de 2013

"EL GRAN LEBOWSKY" (Quince años de un clásico)


No recuerdo con exactitud cuando, supongo que fue en uno de aquellos momentos de mágicos en los que de repente descubres, sin querer, esa obra de arte que, posiblemente por una historia más o menos contextual pasa a formar parte de tus vivencias juveniles en las que influenciado por el criterio y la sapiencia de alguien más experimentado, descubres posibles afinidades y conexiones con un personaje de ficción del que, hasta entonces, solo te habían hablado desde lejos.

Y la lejanía, termino lo suficientemente ausente como para desconocer las posibles cualidades comunes que pueden tener dos extremos, hace además que lo descubras envuelto en el gozo obsceno de la novedad más absoluta para, como en este caso, caer rendido a la magia abrupta de lo que a partir de ahora será en tu universo la definición perfecta de héroe, exposición que “el forastero”, personaje que nos introducirá en este cuento urbano, nos expondrá con una pregunta:

-¿Qué es un héroe?-

La película es probablemente una ironía en sí misma al presentarnos a los personajes como algo que no son y todo lo que ocurre en el metraje es un cúmulo de acontecimientos que nos irán acercando a la verdadera realidad común y mortal de todos nosotros en un final intranscendente en los hechos pero no en las formas:

-Lebowsky, nuestro protagonista, a quien se atribuye una identidad importante dentro de la liga de bolos local, nunca en la película tira una pelota a los mismos.

-El verdadero Lebowsky , al que confunden con nuestra estrella,  no es tan rico como el pretende demostrar a los personajes y al espectador.

-Walter Sobchack, su mejor amigo, a pesar a su negativa a jugar a los bolos o no conducir en “Sabbath”, no es en realidad más judío que nadie al estar influenciado por su exmujer.

 -Los nihilistas amenazantes son en resumidas cuentas un grupo triste de actores porno alemanes e inadaptados.

Al final, el engaño de una época, como los noventa, engañosa, nos transporta directamente de la comedia descarada al la trama profunda, algo “Pulp” de una película absurda de cine negro.

Son por tanto, las técnicas narrativas literarias que utilizan los directores, una recapitulación de la literatura de Raymond Chandler, escritor de novela negra americano autor de “El Sueño eterno”, referencia para los hermanos Cohen a pesar del uso cómico que hace de las mismas y que se puede incluso distinguir en los personajes de la obra.
(El viejo Lebowsky en silla de ruedas, por ejemplo, recuerda al General Sternwood de la película de Howard Hawks basada en la novela anteriormente citada, el nombre de la criada de Bunny es el nombre de la mujer de Eddie Mars en la misma cinta.)

El engaño de todas maneras ya empezaría en la apertura de la cinta al utilizar en el relato en "off "que nos introduce en la historia todos los acentos típicos del “western” para disolverlos directamente en el primer plano general de la ciudad de los Ángeles.

Porque por encima de todo el filme es una historia urbana encerrada entre las calles polvorientas de la ciudad que mejor representa el arquetipo de la leyenda cinematográfica utilizando uno de sus personajes más significativos, el detective privado.

La ciudad y la fauna estrambótica que la puebla se convierten en el epicentro de una trama que mezcla, componiendo un collage, materiales de distintas épocas con hitos reconocidos de la reciente historia popular y cultural de los Estados Unidos.

Bien, pues a pesar de todos estos matices, si algo consiguen los realizadores con su producto es (con la degradación moral de sus personajes) encauzarnos en la comedia más disparatada de unos sujetos con los que, a lo mejor de una manera sutil, te encariñaras para ya atravesar el horizonte de un argumento que te llevará, como explicaba una líneas antes, a la más cruel normalidad después de disfrutar de los vaivenes de una montaña rusa lo suficientemente enloquecida como para sentirte cómplice y parte de las aventuras de los protagonistas.

Y es que ante todo es una historia de amistad y de los valores de la misma disfrazada de todo aquello que los genios de Minnesota consideren oportuno.

Hoy se cumplen quince años del estreno de esta pequeña obra de arte que con los años se ha ido transformando en película de culto para distintas generaciones que ignoran que en su estreno (el nivel estaba difícil al ser su trabajo posterior a otra obra de arte como puede ser “Fargo”) fue recibida fríamente por el público y los críticos.

El reparto, interpretes todos ellos que rozan la perfección, es quizás el mejor aliciente del éxito de la surrealista trama con la que nos brindan la oportunidad filosófica de valorar la aptitud de un hombre tranquilo.

Y vale, solo son datos, pero por ejemplo Philip Seymour Hoffman consigue cuatro nominaciones al oscar (una victoria), ninguno antes, al igual que las cuatro nominaciones posteriores que tiene Julianne Moore o las cuatro nominaciones siguientes que tiene Steve Bucesmi a los Globos de Oro.

Como comprenderéis la película no os la pienso contar.

La banda sonora es espectacular con una excepción, el disco contiene todas las canciones excepto la de los “Credence” (grupo favorito del protagonista) supongo que por una cuestión de derechos.

Y es que si al el “nota” le dan por el culo los “Eagles”, los Cohen nos introducen una versión latina y gitana de su éxito más comercial en el probablemente momento más freak de la historia y no por ello no menos grande.

“Y es que a veces hay un hombre, y me estoy refiriendo a el “nota”, que está en su momento y en su lugar:::”

Y eso sí es filosofía.




Los años, como al buen vino, le han hecho justicia.

viernes, 1 de marzo de 2013

"PEINETAS"


Según la Real Academia de la Lengua, la peineta es un peine convexo que usan las mujeres por adorno o para asegurar un peinado determinado.
Este ornamento femenino para el cabello consta de un cuerpo convexo y un conjunto de púas que se encajan sobre el moño tiene su origen en el siglo XIX (hay constancia de su uso miles de años antes), actualmente se sigue utilizando en celebraciones de carácter lúdicas o religiosas estilizando la figura de la mujer con el uso habitual del complemento de la mantilla.
La perdida de popularidad actual de ciertas prendas distinguidas en otras épocas, ha originado que ahora sirvan como seña de identidad patria en ocasiones puntuales (Semana Santa, corridas de toros, espectáculos tradicionales o de música flamenca y de copla) recordándonos aquel pasado cercano que no nos acaba de abandonar.

Personalmente opino que es positivo rememorar todo aquello que por una parte nos hace no olvidar nuestras costumbres y que por otra,  (tan importante o más) enaltece y engalana a esas damas, generalmente de buena posición, que se entregan placenteramente a la estética moderna de los clásicos animados que engrandecen las virtudes feministas de la celebración de turno.

Luego, como en todo, existe otra definición, probablemente más cercana, más popular a lo que actualmente se conoce como peineta y es esta de la fotografía.


Como se puede observar la peineta actual consiste en  levantar el dedo corazón con el puño cerrado en un gesto manual bastante ofensivo y obsceno que en definitiva ya de por si solo basta, en la sociedad contemporanea, para entender perfectamente el mensaje explícito que nos lanza la persona que nos dedica tal expresión.

Aquí si que no tengo fecha exacta para informaros la antigüedad de su uso pero, estaréis todos de acuerdo, es habitual en el contexto actual conocer perfectamente la expresión y su significado.

En este ejemplo en concreto podemos observar a un señor de mediana edad disparando el dedo en lo que parece, por el carrito que transporta, una terminal de un aeropuerto.

Observamos también un micrófono a su lado por lo entendemos que este individuo parece ser un personaje público que acaba de llegar, pongamos un ejemplo, de Canadá y se dispone a recoger sus enseres de viaje rodeado por un publico expectante que seguramente se ha percatado de su presencia.

La pregunta es:
El gesto obsceno se lo hace a la cámara que capta este instante o realmente se lo dedica a las gentes que detrás de él igual murmullan en alto algo público y conocido referente a su persona o trabajo al entender, desde un punto de vista humilde, que el caballero con canas es un celebridad en el país en el que acaba de aterrizar.

Vayamos un poco más allá.

Fijemos por un momento en la expresión de este tipo al que llamaremos por ejemplo Luis y observemos como se medio muerde los labios con los ojos completamente abiertos y las cejas marcadas remarcando la expresión gestual de su mano izquierda en el rostro de alguien al que su semblante dignifica respecto al populacho que lo critica.

Si hablamos de peinetas permitirme esta:

A diferencia de la anterior y a pesar de tener la boca cerrada, parece que se desdibuja una sonrisa en el rostro angelical de una diosa del mundo del celuloide con, hay que significarlo, el premio más importante del sector cinematográfico en su mano izquierda dejando, a diferencia de Luis, la mano derecha para obsequiarnos con su particular forma de celebrar un éxito.

Pero ahí voy yo.

No es imprescindible que se utilice este determinado guiño para la celebración de algo aunque siempre es significativo que el autor de tal aspaviento quiera, a su modo, darnos a entender algo determinado en la consecución de, en este caso, un triunfo absoluto.

Si observamos la imagen nos damos cuenta que a diferencia del individuo de arriba aquí la proyección de su mirada es personal y no global.
Es como si el gesto estuviera dedicado a alguien en exclusividad.

Y esa es la exclusividad que yo defiendo.

Las otras enterrémoslas en infinitas declaraciones en audiencias nacionales que al final tan solo sirven para exacerbar a cualquier colectivo de indignados que observan, desde la barrera que la policía levanta ante la frustración popular, como las formas y los modos condenan a los representantes populares que una vez, en una galaxia muy, muy lejana, fueron senadores por Cantabria aquejados de “jet lag”.

La descompesanción, diría yo, nunca fue horaria

sábado, 16 de febrero de 2013

"SEMANA BLANCA, DINERO NEGRO"


En la costa pacífica de Canadá existe una de las tres ciudades que en dos mil dos fueron consideradas como las mejores en calidad de vida de todo el planeta y también, todo hay que decirlo, una de la más caras, solo superada por Toronto en una lista de ciento cuarenta y cuatro ciudades del mundo y que en dos mil diez tuvo el honor de celebrar los juegos olímpicos y Paralímpicos de invierno.

No se si ya lo habías adivinado pero me estoy refiriendo, como no podía ser de otra manera a  Vancouver.

No tengo la suerte de conocer aquellos parajes del norte del enorme continente americano pero entiendo, no es difícil hacerlo, que debe ser una maravilla desconectar de la rutina actual de tu entorno y ciudad para renacer al otro lado del mundo.
Si a esto añadimos una afición desmesurada por el noble arte del esquí, estaremos hablando, palabras mayores, de la mayor expresión orgásmica de la disociación, por utilizar un término más o menos científico, más absoluta.

Encima, en lo alto de aquella montaña donde el cielo esta más cerca que nunca de tu espíritu aventurero con tintes recreativos, digo yo, que uno se olvida completamente de sus orígenes mientras se desliza por encima de la capa blanca de la pista de turno para “volar” en el suelo de la liberación.

Por desgracia desconozco esa sensación.

Aquí, a miles de kilómetros de la felicidad, el cielo sigue estando lo suficientemente lejos como para aspirar a cualquier clase de liberación burocrática que se presente dentro de los enclaves más grises de un asfalto que, probablemente en nada, se asemeje a esa agua helada que se desprende de las nubes en forma de cristales sumamente pequeños, los cuales, agrupándose al caer, llegan al suelo transformándose en copos blancos dibujando el hermoso paisaje de las zonas vírgenes que todavía quedan en la naturaleza.

Es lo que tiene pertenecer a un mundo lleno de contrastes.

Aquí discutimos sobre las formas y los modos en la que los despidos improcedentes se suelen saldar con la pérdida o ganancia de un finiquito que, teóricamente, se debería negociar con el patrón de turno para, en ocasiones, saldar las deudas de la responsabilidad del ejercicio laboral realizado sin pensar, ni siquiera un momento, en la satisfacción del deber bien hecho.
Y es que si por algo nos caracterizamos es por la canallesca cultural de un país demasiado entregado a la picaresca más absoluta desde siglos inmemoriales.

Es cierto que vivimos demasiado alejados de cualquier paraíso que se precie como para pararnos a pensar en él siendo, en ocasiones, victimas directas de la búsqueda de un nirvana limítrofe a nuestras expectativas vecinales.

Supongo que desde allí, desde lo alto, las cosas se ven con una sutil diferencia.

Allí los pagos se deben ver como indemnizaciones por despido al conocer las retribuciones puntuales a la seguridad social hasta hace dos meses de un “trabajador” (supongo que se le puede llamar así)  que había renunciado al puesto dos años antes.

Vamos, o así nos lo quieren vender.

Un tipo como yo, que aunque reconozco que he disfrutado de los pecados carnales de las letradas más preparadas de un país en recesión, tiene más bien poca idea de legislación laboral en casos como este al no entender, y lo voy a explicar como si tuviera nueve años, que la indemnización se pacta si el despido es improcedente.

Osease, ¿por qué cobra (me da igual que sea de un solo pago o fraccionariamente) la compensación de turno un tipo (teóricamente) despedido por su imputación en un caso de corrupción? 
¿Puede ser que no fuera despedido?
Y si es así ¿por qué no lo fue?
Me lo expliquen.

Si a esto añadimos en plena vorágine social de desesperanza y frustración por las dificultades económicas de la prima de un riesgo que ya no es moderado, que se le descubren vía sumarial distintas cuentas millonarias en países extranjeros donde el interés será de un tipo más bien egoísta, qué confianza nos pueden quedar en un sistema en el que en la persona que esta siendo cuestionada era uno de sus máximos exponentes.

Supongo que una explicación medianamente convincente para un populacho cansado ya de ver entre sus narices como le escupen a la cara sería suficiente, tiene cojones que encima se permitan exigir prudencia, moderación y sacrificio en lo más crudo de un invierno con poca nieve

Pues ni eso.
Se dedican a ocultar un salario disfrazándolo de finiquito.

La política de negar las evidencias utilizando términos más o menos desafortunados para cambiar el prisma de color, ( a ver si se dan cuenta), ya no produce el efecto deseado en una ciudadanía cansada de esperar milagros y harta de las confusiones dialécticas del vocabulario estatal de unos gobernantes realmente detestables.

Mientras unos se aprovechan de los parajes más sofisticados del negocio invernal en lugares poco comunes y transitados para los mortales, otros, se quitan la vida ante las órdenes de un desahucio anunciado.

Y ESTO ES MUY FUERTE SEÑORES.

Como es posible que el tesorero político más mediático de una democracia que cada vez es más mentira se evada, personal y espiritualmente de la probablemente peor crisis de gobierno (a niveles económicos) de un país sumergido en la miseria más absoluta, a un destino lejano y paradisiaco dejando vendidos, entre otros, a los propios miembros de lo que al menos, era su partido.

Y por qué, me pregunto yo, un imputado multimillonario tiene total inmunidad para salir a su antojo de un territorio nacional con su legislación vigente.

Supongo que debo visitar alguna vez antes de morirme Vancouver para entenderlo.

martes, 12 de febrero de 2013

"NOTAS OBSCENAS DE UN CARNAVAL CUALQUIERA"


La borrasca invade todo el territorio nacional sin la piedad moderada de la primavera que se avecina pero que todavía se ve lejana en el horizonte cáustico de la presión atmosférica de los tiempos que corren.

El frío se va calando en el cuerpo interrumpiendo que el carnaval luzca en todo su esplendor anunciando que después de la ceniza volverá a llegar la temida cuaresma en la que estamos depositando las esperanzas frágiles de la confianza a unos estamentos, con cientos de estatutos, que nunca seremos capaces de descifrar.

La lujuria ha dado paso al comedimiento de los embargos de bienes que alteran cualquier posible serenidad trabajada en busca de un desasosiego infinito en el almanaque de la resurrección.

Las televisiones anuncian productos capilares clínicamente probados a los miles de espectadores que, mando a distancia en la mano, intentan cambiar de canal para no comerse el reclamo de turno de la campaña de turno de la compañía de turno que, como siempre, divulgará esperanzas alopécicas al noble pueblo que poco a poco va perdiendo su hermosa cabellera.

Los encuentros decisivos de las distintas competiciones futbolísticas en las que estamos envueltos, volverán, como las oscuras golondrinas, a desplazar la comunicación real e importante de los asuntos que más o menos nos pueden afectar de una manera directa para, como la heroína, desplazarnos a sensaciones colectivas de una euforia irreal en virtud del resultado acontecido en el partido de turno.

Los abogados seguirán encerrados inmersos en demasiado papeleo como para administrar ninguna clase de justicia con el beneplácito de unos legisladores que elevan las tasas a niveles no aptos para la ecuanimidad de posibles sentencias arbitrarias en el abismo de un arbitraje, como mínimo, sospechoso.

Las amas de casa buscaran trabajo para cooperar en la difícil tesis de cualquier economía domestica que levantar sin, por supuesto, abandonar sus obligaciones conyugales de comprensión a maridos desempleados.

Los mancebos explorarán, sin resultados, las distintas vertientes laborales con las que enfrentarse en un futuro no demasiado lejano para la, ansiada, vida moderna cargada de independencia con la que soñaron la primera vez que tuvieron una novia que les abandono por cualquiera.

Las mancebas estudiaran en silencio para, al menos, confiarse a su propio destino escapando del terror atroz de la dependencia de cualquier posible enemigo más o menos cercano y que aún está por descubrirse.

Los autónomos se cagaran en lo más sagrado.

Los chigreros notaran las bajas de la batalla que acontece en directo justo delante de la puerta de un local que cada vez se ve más grande por semana y en el que la música vale dinero.

Los médicos y demás personal sanitario ansiaran los tiempos pasados y buscaran en lo público todo aquello que se les negó en lo privado para, creo yo, mantener los salvoconductos de la estabilidad emocional de aquél que, con razón, entiende la sanidad siempre como algo beneficioso para una sociedad que demasiadas veces piensa en las pérdidas.

Los mineros harán cruces y renegaran de Dios, quien diría les pillara por sorpresa la tragedia repetida.  

Los artistas sufrirán la pesada losa del aumento de los impuestos en las entradas, la bajada abismal de las subvenciones y la desesperación propia de la insatisfacción vital de aquel que se siente desplazado por los acontecimientos que rodean el “karma” infantil del optimismo moderado de la creación.

Las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado se mantendrán, después de lavarse las manos, en alerta ante posibles revoluciones de las que probablemente formen más parte de lo creen.

Los inmigrantes despertaran del sueño aquel que tuvieron un verano a las orillas del mar al descubrir que la emigración se pone de moda incluso para los autóctonos.

Los políticos seguirán agarrándose al palo ardiendo de la inmunidad parlamentaria sin entender que algún día se van a quemar.

Los bomberos estarán atentos.

Los elefantes temerán a los monarcas de más de cincuenta años mientras los yernos “reales”, tipos altos que fueron olímpicos, evitaran su presencia en actos públicos para, como decirlo, no molestar.

Las reinas, gracias a Dios, seguirán alegrando mis jornadas entusiastas de botellín y tapa en el bar aquel de cuyo nombre no puedo acordarme.

Los psiquiatras se harán de oro.
Los psicólogos serán argentinos enamorados de la clase técnica de un jugador nacido para deslumbrar a un mundo que no es portugués.

Los tesoreros declararan las cuentas pendientes en tribunales oscuros y lúgubres, los joyeros visitaran los países nórdicos y los banqueros te sacaran los ojos nuevamente luciendo teatralmente su sonrisa de “Profident” al domiciliar la nómina.

Corea del Norte hará pruebas nucleares, Corea del Sur lo denunciará.

Pero lo más duro queridos compañeros es afrontar con serenidad la renuncia de “El Santo padre” a sus obligaciones.
Supongo que las tesis arcaicas de un tipo vetusto afectado por demasiados frentes abiertos en el país más pequeño del mundo no influirán en el hecho constatado de que nadie es lo suficientemente importante como para cuestionar mi fe.

De todas maneras me llena de orgullo y satisfacción entender que hay gente en las alturas dispuesta a renunciar a sus funciones al entender que es lo mejor para la institución de turno políticamente hablando.

A ver si alguien más aprende. 

martes, 5 de febrero de 2013

"ESTAS NO SON LAS MAÑANITAS QUE CANTABA EL REY DAVID"


Los crápulas, gentes de bien que se esconden del mundo en la oscura madrugada, saben perfectamente que en la noche nada es lo que aparentemente parecía desde un principio.

Los nocturnos, gentes que sufren problemas de insomnio, saben que tienen un problema cuando se levantan de una cama en la que nunca pudieron conciliar el sueño y envidian sanamente a los crápulas al entender, como es lógico, que la elección de su desvelo es voluntaria y por tanto diferente para el planteamiento mental aquél que te aleja de la depresión.

Los primeros, individuos e individuas especializados en afrontar casos importantes de decadencia humana en esas horas de neón y garrafa, salen a la madrugada preparados para investirse doctores honoris causa del comportamiento social de una sociedad cada vez más individualista que, manda huevos, solo se atreve a cambiar de espíritu envuelta en el corsé del anonimato que te dan los bares clandestinos de última hora donde la imaginación, el vicio y el alcohol hacen de aquel colectivo una presa fácil para aquellas sombras de la noche que saben distinguir a los corazones que siguen sonando como aquel reloj envuelto en algodón y que les hacen fácilmente ser observados, confundidos y delatados por aquellos trasnochadores que se la saben todas.

Si lo pensamos un poco es lo suficientemente lógico como un documental de la dos a la hora de la siesta: 
-"en el ecosistema, hábitat es el ambiente que ocupa una población biológica en un espacio que reúne las condiciones adecuadas para que la especie pueda residir y reproducirse, perpetuando su presencia"-.

Y contra eso no se puede luchar.

Pero cuidado, hay grandes falsos profetas del “petit comité” que subsisten en pequeños centros de atención sintiéndose grandes sin capacidad, ni bemoles, para acceder a mundos más grandes y más complicados  fuera de la línea de tiza que marca su propio criterio y que delimita (y limita) su capacidad para el riesgo y reduce aquél territorio a la nada más absoluta al comparecer ante cualquier corazón intrépido que, por poco que sepa, ha sabido salir de casa.

Pero volvamos a la cuestión libertina de los calaveras y reconozcamos como propio y propicio el homenaje a mi querido Edgar Allan Poe al introducir en el texto aquello de “un corazón delator” al que descubren los malos como en esa película de Hollywood que te mantiene en tensión en el sofá de tu apacible casa.
Si alguien alguna vez supo hablar de la noche dentro de la novela gótica ese fue el genio de Baltimore que, con sus  cuentos de terror, describió perfectamente la magia de esas horas intempestivas en las que lo real, muchas veces, se mezclaba con el enigma que la oscuridad y las sombras producen en el cerebelo imaginativo de cualquier mortal con inquietudes y al que no todo el mundo se atreve a asomarse.

Y es que, chicos, hay ventanas que es mejor dejarlas cerradas.

No descartó que los vampiros que nos dormimos, muchas madrugadas, cuando ya está a punto de salir el sol, podamos aparentar un karma de libertinos a  aquellos encerrados en los tópicos mortales de la rutina más despiadada, no lo sé. 
Quizás he de reconocer que hay tipos con opinión que no merecen ninguna clase de respeto por su falta de credibilidad al carecer de ninguna clase de experiencia vital en casi nada y que generalmente afirman la teoría de lujuria desde el desconocimiento propio de los castos que nunca cruzaron, salvo en pensamientos, el umbral del pecado.

Los asesores de la vida moderna son ese tipo de individuos que se creen las mentiras con las que han crecido y que han ido construyendo su personalidad a base de frustraciones, complejos y demasiada ira encerrada como para justificar, desde la salud propia de la tolerancia, cualquier identidad que se separé del camino marcado que les toca recorrer por una convicción que ya poco tiene de personal y demasiado de general como para entenderla.

Pero, escucha, no soy yo el que los va a juzgar.

La misma personalidad de las miles de almas que entre semana se disfrazan de profesionales de cualquier especialidad entra, de repente, en un trance especial al llegar o acercarse el fin de semana para, ¿como definirlo?, ¿liberarse?.

Y es entonces cuando los cambios suelen ser más radicales en las formas y en los modos de ese colectivo enclavado en sus frustraciones que, a veces, extralimita cuerpo y mente por unos segundos con la única intención de saborear la emancipación aquella que una vez soñaron.

Al despertar descubrieron que los planetas más o menos alejados de lo que su percepción pudiera imaginar y qué, muy importante, no siempre tiene que ser positivo para la salud mental de aquel que con criterio, se queda sin él, también tenían vida propia.

Entenderéis por tanto mi reacción ante ella.
Entenderéis aquel homicidio.





Fragmento de “El corazón delator” de Poe:

 Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte!
-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí!                     ¡Donde está latiendo su horrible corazón!

miércoles, 30 de enero de 2013

"COSAS DE CASA"


Nos vemos en el infierno dijo aquel héroe cinematográfico en una película que probablemente ni recuerde pero de la que, algo en mi subconsciente me dice que la disfruté, hoy, por ejemplo, he recordado la frase con la que quiero titular esta nueva retahíla de ideas con las que me quiero enfrentar esta semana.

La semana empieza de una manera desafortunada al abandonar mi compañía el pequeño calentador de agua caliente que transforma las duchas en intensos momentos de reflexión dentro de aquella mampara empañada que, como en Superman dos, te aísla de las malas energías de el clima exterior en lo más crudo del crudo invierno.
El ensayo general con agua caliente en una cacerola calentada con gas, todo hay que decirlo, fue una ruina que me hizo conocer el dolor y el frío.

Lógicamente, el consejo de sabios reunidos en lo que me queda de neuronas, decidió apostar por llamar al técnico que, como el señor Lobo en aquella película de Tarantino, se acercaría a mi casa para resolver problemas a un módico precio de, me cago en la puta, ochenta y seis pavos por los quince minutos que estuvo sobando el aparato en ese rinconcito de mi cocina que utilizo para dejar las bolsas de plástico y en el que, probablemente por educación, les deje entenderse con toda la intimidad del mundo.

Ahora, con el paso de los días, he de reconocer que la caldera de los cojones todavía no me ha dado ningún problema.

Después de niquelar la casa escondido tras unos guantes de plástico y una fregona que se quiso despegar de su firme palo de alambre que a su vez se quiso despegar de mí, descubrí que la lógica obligaba a sustituir el instrumental defectuoso por uno nuevo que consiguiera finalizar la labor empezada cuatro horas antes por pura casualidad y que me exigía bajar a la calle, concretamente al supermercado abierto justo enfrente de mi portal, para reponer el material deficiente.
Es después, después de bajar y subir, después de finalizar los suelos y acabar con la limpieza, después de las dos, cuando recuerdo la llamada seca y trágica del pintor del seguro que estaba en los umbrales de mi portal para interrumpir esa paz, quizás sabéis de lo que hablo, que solo tienes después de haber estado jodido que no jodiendo.
Que también.
Pues eso, que después de la limpieza vino la reconstrucción de un desastre anunciado horas antes en el teléfono fijo (que ahora se moriría asfixiado debajo de una lona de plástico que impedía que color ensuciara su rostro) donde el empleado había dejado aquel mensaje taxativo para los aprendices de las labores caseras y del que yo no recordaba el recado.

Ósea, tres minutos después de dejarlo todo limpio lo tenía todo lleno de mierda.

Y con esto, eximo de toda responsabilidad al profesional de la pintura contratado por la aseguradora tal y del que solo puedo constatar su competencia en estas lides.

Dos días después, tiempo necesario para olvidar los pequeños desencuentros que con el destino sueles mantener en ese tira afloja pero del que ahora no quiero hablar, descubro con insatisfacción el desprendimiento voluntario de la puerta izquierda de mi armario en las baldosas del suelo (frío, muy frío) de mi habitación para, destornillador en mano, atornillar de nuevo el futuro.

La puerta, supongo que por algún mecanismo de la ciencia como, digo yo, la ley esta de la gravedad, sigue inclinada hacia el sur en la pared del pasillo dando juego a una estancia siempre, quizás, algo olvidada por los inquilinos ya que solo la utilizábamos para salir o entrar, y en donde ahora alberga dudas al entender, creo yo, el hecho de la existencia de una habitación más en la republica independiente de una casa que, si lo miras un poco, no da para mucho más y que por tanto no tardaras en reparar que la puerta es solo una puerta y, tío, no tardaras en reparar gracias a la imposibilidad de reparar la mía.

(Joder, me acabo de releer y me doy cuenta de que me estoy abriendo demasiado a un público que, a lo mejor, no disfruta sabiendo mis interioridades)

Bueno, que el caso es que el nos vemos en el infierno es a veces una frase que la tienes, sin saberlo, metida en casa.

Y cada casa es sagrada, personal e intransferible.

Así que al final, me voy a sincerar, cambiaré el título inicial con el que había pensado titular este “post” dejandolo para otra historia diferente y resumire con el título que vais a leer en primer lugar toda la intrahistoria que esconden estas palabras enrevesadas y que tambien fué el título de un serie americana de mucho éxito en los años noventa.

miércoles, 23 de enero de 2013

" SIETE CRISANTEMOS"


Es posible que la cuesta aquella que me llevaba directamente a tus pies en aquellos días de rebajas que disfrutabas, como siempre, en soledad, fuera demasiada empinada para un ciclista de llano acostumbrado a disfrutar de la velocidad de ver correr el tiempo delante de mí.

Y es normal.

Es absolutamente viable poder o querer entender qué es más importante el nivel qué el desnivel, porcentaje invisible que cataloga la dificultad de cualquier ascenso frustrado a una llegada imaginaria en la vuelta por etapas de la ronda europea de la ilusión por llegar a final de mes en esos periodos de invierno donde el solsticio transita lentamente hasta el equinoccio de un primavera ansiada y lejana a partes iguales donde de nuevo, la luz, se volverá protagonista del largo caminar de cualquier individuo anónimo por el filo de la navaja de aquello conocido popularmente como crisis, intentando, es de ley mencionarlo, dejar atrás los duros meses de manta y brasero en los que salir de casa “costaba” demasiado para las economías que, como siempre, se malcriaban en constante evolución negativa en las cartillas verdes de los bancos negros.

Y es que después de las fiestas, como después de los excesos, aparece el bajón que se instala en la azotea de la ambigüedad mental que confunde felicidad con depresión en esas horas en que los bares apunto están de cerrar mientras tú apuras el último cigarro en esa noche que se presenta en luces de neón como demasiado larga para resistirla sin dormir y sin tabaco que poder aspirar en el salón medio iluminado de tu pisito de alquiler, lugar con sombras donde te planteas el devenir de las cosas que todavía no han ocurrido.

Y el año se presentaba demasiado cargado de información que enviar a la papelera de un escritorio con flexo amarillo y botella de whisky escocés en el que esconder los pecados de una juventud interrumpida en el año de gracia en el que todavía, el romanticismo, hacía que los miembros de la orden de la hipocresía inflaran de testimonios los muros ausentes de confianza de una redes sociales que echaban humo demostrándose, demostrándonos, que en los artículos que exhibían como normas clásicas de un catecismo social y loable en el noble arte de la protesta, solo brillaba la publicidad personal de un ego necesitado de compartir las convicciones personales y privadas en, manda cojones, los medios públicos púdicos de un exceso de información que no suele sobrepasar la frontera de Internet.

Pero no nos alejemos de tu casa de muñecas donde conseguí mis siete tours sin doparme.

No nos alejemos de la cima de aquel valle enclavado en lo más abrupto de la geografía estatal con la que me encuentro cada vez que pienso en ti.

Dejemos que las rebajas se acaben y todo vuelva a ser como al principio de aquel camino llano por el que disputamos el liderato de una clasificación general demasiado influenciada por las etapas de montaña que cada noche nos tocaban subir con la catalina grande y el piñón pequeño.

Eso sí, debo de reconocer que aquel esfuerzo siempre mereció la pena.

Después se acabó la temporada y los días de gloria para, de nuevo, volver a pasar al más ingrato de los olvidos en el camino de tus “circunstancias”, cúmulo de datos alternantes encerrados en los botes que utilizabas para las transfusiones y que nunca llegué a utilizar.

Llámame cobarde.

Sabes de sobra que lo mío es la medicina tradicional de productos naturales que una vez consumí bajo la influencia mística de la bendita música jamaicana que acompañaba aquella puesta de sol en la playa norteña donde nos conocimos después de haber competido en aquella carrera urbana que, como no, ganaste.

Eran los años de los sobres envueltos en bolsas de plástico negras que, en negro, motivaban la aptitud deportista de aquellos jóvenes desamparados en las pagas semanales paternas filiales que ayudaban a descubrir la individualidad en los reservados oscuros de la discoteca de moda de un fin de semana cualquiera.

Los sobres y el diploma, por supuesto.

Y es que de aquella no existían las comisiones políticas en los espacios reservados al deporte aquel que se basaba en la máxima de mente sana y cuerpo sano y se olvidaba de la competición pura y dura que después, en un afán increíblemente exagerado por ser mejor que los demás, nos inculcaron como cultura para demostrar, probablemente, lo que no podíamos demostrar.

Y fue entonces cuando la magia dejó paso al orgullo.

Y fue entonces cuando los mitos dejaron de existir.