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sábado, 12 de marzo de 2011

Especial 11M "FINAL DE TRAYECTO"

Aquel día no recuerdo si estaba lloviendo.

Recuerdo eso sí que más o menos al mediodía el sol brillaba en los claroscuros de un cielo cada vez más gris.
Esta ciudad, al igual que cada una en las que he tenido la suerte de convivir, tiene un ritmo propio y singular en los días de la semana en los que la vida sigue sin pararse delante nuestro haciéndonos meros espectadores del transcurso rutinario de una de esas miles de jornadas que se acaban a la hora de dormir.
Aquel día no.

Al igual que aquel murmullo que en cualquier taberna que se precie tiene la cualidad de crecer en decibelios hasta integrar, integrarse, en todas y cada una de las conversaciones aisladas en ambos bandos del local, fue el silencio el que se apodero de las calles aquel día.
Primero fue una luz demasiado intensa como para distinguir ningún porqué, después la tranquilidad mortecina del olor a chamusquina, al momento, en la lejanía, se podía distinguir alguna sirena de bomberos pidiendo auxilio.
Demasiadas sensaciones recién levantadas como para percatarse, en aquel momento, de la magnitud de lo acontecido.
Lo malo del dolor es la frustración de no saberte preparado para sufrirlo, lo malo del destino es ignorar en que lado del andén te encuentras.
No estábamos preparados para semejante insulto a una humanidad despechada en sus quehaceres locales sin, probablemente, atreverse a mirar más allá de un horizonte cubierto de sangre.

En una de esas horas a las que a los crápulas nos invitan educadamente a abandonar por las buenas el local de turno que está fuera de hora y en las que la gente decente ya levantada va camino de su salario mensual, el diablo en forma de líder espiritual se abalanzó sobre la capital del reino dictando palabra por palabra las más oscuras frases de un Apocalipsis demasiado lejano para las mentes envueltas en los algodones de una sociedad capitalista demasiado alejada del horror.

Ese descomunal silencio dio paso al más doloroso llanto de una ciudad, de un barrio de un país que de repente se sintió vulnerable.

Y es ahí donde el miedo tomo la valentía de dar un paso al frente para derrocar al conservadurismo barato de aquellos que individualizan unos pensamientos comunes creyéndose profetas de algo o de alguien que a fin de cuentas (y con la lectura del paso del tiempo por bandera) no representan.

Discúlpenme queridos lectores pero, (y esta será la única excepción que confirme la regla), en este post no hablaré de Mourinho, de Iniesta, de Guardiola o del ilustrísimo señor Vicente del Bosque, no.

Hoy la noticia, llamarlo si os place homenaje, son ciento noventa y un héroes anónimos que se convirtieron en mártires en una mañana de jueves a diez días de primavera y esos miles de heridos que nos siguen acompañando bajo la frustración de haberse enfrentado a la muerte mirándola fijamente a los ojos.

También para esos cientos, miles de voluntarios que nos enseñaron a creer en un ser humano tosco, egoísta y ermitaño que en ocasiones se sobrepone a las adversidades para demostrar que en el fondo seguimos teniendo corazón.
Pero solo nos damos cuenta del mal mayor cuando juzgamos desde fuera un posible mal menor del que quisiéramos tener algún poder.

Aquel día todos, absolutamente todos, viajábamos en un mismo sentido sin saber donde cojones estaba la estación de destino.

Y no puede haber nadie que se digne a comentar algo al respecto.

Madrid se acostumbró a recibir a individuos de todas las partes de la geografía aceptándolos como miembros propios de una comunidad acostumbrada a tolerar costumbres ajenas.
Sus gentes reaccionaron, reaccionamos, para bien o para mal dependiendo de los hechos.
Los hechos marcan las vicisitudes de una época convulsa.
La convulsión nunca es buena salvo para recordarla.

El recuerdo siempre nos acompañará.


Era hora punta aquella mañana de Marzo de hace nueve años.

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